Treinta años de programa Erasmus, un millón de bebés

Autora: Maria Lapiedra, estudiante Erasmus en el año 2005 – 2006

En el año 2018, el programa Erasmus cumplió 30 años. Y la Unión Europa calculó entonces que más de un millón de niños habían nacido de esas relaciones, la primera generación de bebés europeos. Tanto es así, que ese mismo informe apuntaba que uno de cada tres estudiantes encontró pareja en el programa de intercambio. Parejas mixtas de dos nacionalidades que se conocieron en otros destinos y que han consolidado esta pertenencia europea más que cualquier otra iniciativa política.

El amor, efectivamente, mueve montañas, rompe prejuicios, acerca personas y genera unas relaciones personales que pocas cuestiones políticas o de creencias pueden romper. Y eso te hace sentir partícipe de una comunidad mayor, donde no hay franceses, italianos, griegos, alemanes o españoles. Todos somos lo mismo. Todos nos reímos de lo mismo y nos entendemos de la misma forma, añadiendo, eso sí, un poco de mestizaje y alegría a las reuniones familiares.

En mi caso, mi marido es francés. Nos conocimos de Erasmus hace 15 años. Con lo que mis hijos son españoles y franceses, dependiendo de quién pregunte. Manejan los dos idiomas con una soltura envidiable y no entienden de fronteras, más allá de que en un país viven sus primos y se coma más nata y menos paella. Ellos nacieron en una familia donde, cuando empezaron a hablar español y francés, los dejábamos de intérpretes en la mesa del restaurante entre sus dos abuelos… que ya entonces intentaban entenderse hablando de política. Estos niños no entienden la Unión Europea como la podamos entender nosotros. Para ellos Francia y España son países vecinos, como la Comunidad de Madrid y la Valenciana. Esa sensación de pertenencia es la misma que yo tuve hace 15 años cuando descubrí qué significaba ser europeo.

De ahí que siempre haya pensado que no hay nada que haya hecho más por Europa que la beca Erasmus. Hace 15 años dejé por primera vez mi casa, mi confort, el núcleo familiar y me fui a Dinamarca a estudiar. A crecer, a madurar, a ser yo de golpe y porrazo. A descubrir que las fronteras son algo artificial que hemos creado los humanos por un tema de poder, y que hay cosas como el Mediterráneo que nos unen mucho más que cualquier otra cuestión cultural. Así es como un 20 de agosto aterricé en una ciudad que no sabía ni pronunciar, Aarhus, en un país que, hasta cuatro meses antes, no era capaz de ubicar en un mapa. Y eso que tenía 22 años y cuatro años de carrera de periodismo.

Sin hablar nada de inglés, llegué a esta ciudad fría y ordenada. Sin amigos, sin nada más que la dirección de una valenciana y una tremenda ilusión por convertir ese en el mejor año de mi vida. Y así fue. Y lo fue gracias a la gran familia europea que hice, donde no había nacionalidades, sino acentos y capacidad de comunicación. Con mi inglés, iba haciendo amigos por nacionalidades que controlaban más o menos el inglés y cuyo acento era más parecido al mío. De ahí que el Mediterráneo fuera clave, no sólo por las raíces culturales que nos unen, también por el aprendizaje de segundas lenguas. Los franceses y griegos fueron sin duda los que más rápido entendí. Los alemanes llegaron más tarde. Con ellos necesité dos meses de adaptación al idioma. Los daneses, noruegos y finlandeses, otro cantar. Demasiado buen acento. Con ellos, tres meses. Y los británicos y americanos ya llegaron en el último semestre porque no había manera de entendernos. Sin embargo, con todos ellos, las sonrisas, la alegría de vernos, la felicidad compartida de unos meses de independencia total, nos llevaron a ser amigos, a adaptarnos los unos a los otros para forjar una amistad que aún dura, 15 años después. Independientemente de dónde viniéramos. Y en todas esas, incluso, en algunas parejas surgió el amor. Produciendo que esas fronteras físicas se rompieran para siempre y aprender un idioma, una cultura o una forma de vida, fuera el pan nuestro de cada día. No hay política que supere eso. Ni experiencia. La beca Erasmus es lo mejor que se ha inventado en este viejo continente y una de las formas más evidentes de madurar, crecer y aprender de tolerancia.