CULTURA Y CREATIVIDAD, EL JUEGO DE EUROPA

Autores: Pau Rausell Köster (Econcult. Universitat de València)
Tony Ramos Murphy (Culturalink)

Septiembre 2020

Desde hace tres décadas se viene configurando un cambio global. Habrá ganadores y perdedores, y si la UE no quiere estar definitivamente entre estos últimos tiene que decidir si aspira a ser un agente del cambio o soportarlo pasivamente.

La crisis de la COVID-19 ha acelerado las tendencias del desorden del mundo multipolar que ha sucedido al orden bipolar de la guerra fría: el declive de la hegemonía EEUU, el ascenso continuado de China como potencia global y la deriva de Europa que no consigue superar la frustración del sueño europeo de 1989. No cabe duda de que la UE ha quedado orillada en la disputa por el predominio global.

Las opciones para Europa parecen reducirse a ser: espectador y espacio del fuego cruzado entre EEUU y China; socio subalterno de EEUU; o potencia activa, aunque afectada a las dinámicas globales, que pueda retener cierta autonomía y ejercer algunos grados de libertad.

Para recomponerse como actor geopolítico no dependiente, las alternativas de Europa son limitadas. En las principales tecnologías, China está a la cabeza (5G, AI, …) mientras EEUU conserva su condición de potencia militar y su posición financiera preeminente. De hecho, “el significado, el discurso y el sentido” son la única ventaja competitiva que puede poner Europa sobre la mesa global. El 16 de septiembre, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea declaraba: “Nuestro proyecto no es sólo medioambiental o económico; tiene que ser un nuevo proyecto cultural para Europa. Cada movimiento tiene su propio modo de ver y sentir. Y necesitamos dar a nuestro cambio sistémico una estética propia y distintiva…”

La cultura y la creatividad depositadas en el patrimonio y proyectadas en las artes vivas, la educación y las prácticas de la ciudadanía son la ventaja competitiva de Europa en un mundo global. Pero en esta arena no está sola. Los EE.UU. han estado invirtiendo en los sectores culturales y creativos desde hace décadas tanto como sectores estratégicos de la economía como herramientas para afirmar su presencia a nivel mundial. China (pero también Corea del Sur y la India), por su parte, desde el comienzo de siglo, ha estado realizando inversiones multimillonarias en estos mismos sectores con el objetivo de incrementar su potencial económico y su «soft power».

Hoy sabemos de la capacidad de la creatividad, las artes y la cultura de afectarnos, desde las experiencias y los valores, cognitiva, estética o espiritualmente; de transformar nuestra dimensión individual, social, ciudadana, económica o política, influyendo en nuestro sentido de pertenencia, de identidad, de construir nuestro capital social; de alimentar el conocimiento que nos dota de autonomía, reforzando nuestra capacidad de mirar críticamente a nuestro entorno; de conformar nuestra sensibilidad y la capacidad de obtener valor del goce estético; de amplificar nuestras capacidades expresivas y comunicativas. Esto es, de satisfacer nuestros derechos culturales a ser, participar y comunicar, promoviendo el desarrollo individual y social, ampliando nuestros grados de libertad y reforzando nuestra dignidad. Pero además ya sabemos, desde la evidencia científica, que la dimensión de los sectores culturales y creativos tiene efectos sobre la productividad, la propensión a la innovación, la humanización y adaptación del modelo tecnológico, la salud y el bienestar de la ciudadanía y su compromiso con los valores compartidos, la resiliencia y la capacidad de crecimiento de un sistema económico.

Es por eso que la respuesta europea es también la clave para el futuro de la cultura y la creatividad, y en este sentido tenemos que decir que las señales no son solo oscuridad, también hay indicios luminosos. Como señalamos en otros textos, es preciso reconocer que la UE ha reaccionado con notable celeridad dado su paquidermismo habitual, y plantea una estrategia inédita que a nuestro parecer va un poco más allá de la simple reacción a los efectos inmediatos de la catástrofe sanitaria. El programa Next Generation EU, como señalan algunos analistas, es en verdad “una nueva generación de políticas para una nueva UE”. También el programa REACT-EU suma a las asignaciones ya presupuestadas para el período 2021-2027 adoptando criterios de distribución entre los países según su nivel de prosperidad y los efectos socioeconómicos de la crisis. En ambos programas la referencia a los sectores culturales aparece explícitamente (entre otros 14 sectores objetivos, como la salud, el textil, el turismo o la construcción)

Una nueva política cultural europea debe ser diseñada para ayudar a la cultura a funcionar como un facilitador, un agente de transformación que orienta una Europa ilustrada y empoderada; conformando una comunidad con valores compartidos que nos dotan de capacidades complejas para resolver los grandes retos a los que nos enfrentamos como seres pensantes y sensibles, mujeres y hombres libres. Como se señala en el Manifiesto para una Política Cultural Moderna, La política cultural contribuye a la educación y la emancipación de la ciudadanía mediante la valorización de la imaginación, la creatividad y la sociabilidad.

Si queremos ser una Europa más próspera, más innovadora, más productiva, más inteligente y más justa, necesitamos que mucha más gente encuentre oportunidades profesionales en el amplio campo de las profesiones culturales que no son solo dramaturgas, actores, artistas visuales o intérpretes de violín sino también técnicos de sonido, programadores de videojuegos, maquetadores, escenógrafas, directores de centros culturales especialistas de impresoras 3D, restauradores, sastres, montadores, ayudantes de cámara o fotógrafas. Estamos hablando de cientos de figuras profesionales cuyo objetivo es producir símbolos, significados, sentido con mayores o menores dosis de belleza, inteligencia y sensibilidad.

La anterior crisis de 2008 se saldó con una reducción de los recursos públicos a la cultura, una fragmentación de las audiencias, y una consecuente fragilidad de la actividad y precarización de las condiciones laborales del mundo de la cultura y la creatividad. En este contexto llegó la crisis de la COVID-19. Por ello, la reconstrucción no puede limitarse a mitigar o compensar los devastadores efectos de la pandemia sobre los sectores culturales y creativos, uno de los más castigados, para devolverlos a su fragilidad previa. Hemos de entender la situación como la oportunidad para otorgar a las actividades culturales y creativas de una mayor centralidad en el modelo económico español con unos objetivos claros y definidos, sin perdernos en la vaga retórica habitual.

Europa es consciente del valor de la cultura y en la comunicación y ya desde 2016 con la declaración de la Comisión “Hacia una estrategia de la UE para las relaciones internacionales culturales”, buscaba hacer de la UE un potente actor global, promoviendo la diversidad cultural y los derechos humanos, con una acción centrada en tres ejes principales: apoyar la cultura como un instrumento para el desarrollo social y económico sostenible; promover la cultura y el diálogo intercultural para unas relaciones de paz entre comunidades; y reforzar la cooperación sobre el patrimonio cultural.

Como señaló el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, al término de una reciente cumbre con China, “Europa es un jugador y no un terreno de juego”. Creemos firmemente que, solo jugando inteligentemente con la cultura y la creatividad, Europa puede ser más que un limitado terreno de juego de las contiendas globales.